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lunes, 1 de julio de 2013

297

Ese fue el número que me otorgaron en las listas para la zona pit del concierto de Springsteen en Gijón. Cuando llegué el lunes 24 fuimos derechas al Molinón a por nuestro numerito. Un señor muy amable me guió un poco con el asunto, ya que llegamos justo después del pase de las 6 de la tarde y no había manera de encontrar a la gente que se encargaba de organizar las listas. Hasta que no tuvimos nuestro numero en la mano ese señor no se separó de nuestro lado, cosa que se agradece muchísimo.

El martes tuvimos tres pases (a uno de ellos nos presentamos con las maletas porque teníamos reserva en un hotel distinto y no nos daba tiempo a cambiar los bártulos de sitio). Tras uno de los pases acudimos a un bar con las paredes repletas de fotos de Springsteen. La camarera, al saber el motivo por el cual estabamos allí nos trató con una amabilidad increíble, compartimos historias de fans y nos consiguió un par de pósters.



La noche del martes la empleamos en ir a un concierto benéfico tributo a Springsteen que ofreció George Mileson para ir calentando motores, no si antes hacer migas con el guardia de seguridad del casino de Gijón (que hasta llego a decirnos por lo bajinis que el chófer de Springsteen estaba dejándose los cuartos en el casino... y que el señor no entendía ni papa de español). Lo recaudado con las entradas del concierto de George iba destinado a ayudar a niños con cáncer, al igual que su disco tributo, Leap Of Faith. ¿Cómo no iba yo a comprar el disco? El concierto fue genial. George, armado con su guitarra acústica y unas cuantas armónicas nos deleitó con las canciones que le habían pedido vía Facebook y terminamos todos encantadísimos. Al terminar el concierto nos pidió que nos quedásemos un rato a tomarnos algo y charlar un poco, así que así lo hicimos. Compramos su disco y salimos de allí con los discos firmados, un puñado de besos y abrazos, fotos, una charla más que agradable y una sonrisa de oreja a oreja. Ese concierto no nos pudo dejar mejor sabor de boca. Ya estoy deseando volver a ir a uno de sus conciertos.





Y el miércoles... día D, o B, o el día que Gijón se convirtió en La Tierra Prometida. Primer y último pase a las 10 de la mañana. Ya no nos podíamos mover de allí.Una hora más tarde nos meten en una zona vallada a unas 1000 personas, mal asunto para hacer visitas al baño y demás. Pero me cuidé de beber el agua justa para no tener que estar echando viajecitos cada dos por tres. En la cola conocí a una familia catalana, una inglesa (justamente la del niño que subió al escenario a echarle agua a Springsteen), una señora americana que nos contó sus aventuras en conciertos anteriores  y unos gallegos detrás. Es increíble el buen rollo que hay en esos momentos. Incluso en la cola del baño estuve hablando con la gente y flipaba con la chica que me contaba que estuvo en tres conciertos de Springsteen en New Jersey.  Me encantan esos momentos, cuando sabes que hay otra persona que siente lo mismo que tú cada vez que escucha a ese hombre cantar, gente cuya banda sonora es un disco de Springsteen y que no le importa pasar 10 horas al sol para poder rozarle con la punta de los dedos durante una milésima de segundo para comprobar si es de verdad.

Cerca de las 4 de la tarde pasaron los de la organización (Greg, vaya) a ponernos un sello en la mano, no sé muy bien por qué.  A las 5 nos ponen las pulseritas (Greg, otra vez, ese americano que siempre responde con un gracias a otro gracias) y nos meten en un redil aún más pequeño.  Desde las 10 de la mañana nos tuvieron bajo un sol de justicia sin podernos casi mover. Raro fue el que no terminó con los brazos quemados.

Seis de la tarde, hora de la apertura de puertas. Sentadas en nuestro sitio, tercera fila al lado de la primera plataforma lateral, socializamos un poco más con la gente que había cerca. Un gallego de Santiago que iba al concierto de París, una chica diciéndome que antes de que terminase el concierto ya estaría deseando repetir eso de volver a estar en el Pit y que no me preocupase por los empujones, que al final la gente se calma. Conocí la historia de una familia que llevaba más de 50 conciertos a sus espaldas (y que me ofreció comida y todo), llevaban desde el 88 asistiendo a todos los conciertos de Springsteen a los que podían, sus hijos se habían criado con esa música y la disfrutaban tanto o más que sus padres. A mi  esto me despierta una admiración y una envidia (sana) enorme, ojalá mis padres hubiesen sido así, ojalá yo, algún día pueda ser así. 

No hubo pre-show y a mi me entraban ganas de ir al baño justo cuando alguien gritó y se produjo una avalancha humana, aun se desconoce el motivo, pero si no me llego a poner en pie me arreglan el cuerpo a base de bien. Decidí armarme de valor e ir al baño tras una chica con una camiseta roja que estaba detrás de mi… Ni que decir tiene que la perdí antes de echar a andar y que encontró su sitio antes que yo, eso sí, al llegar estaba ella y todos los que tenía al lado llamándome valiente por haber sido capaz de volver a mi sitio. Esas cosas molan y ya está.

Empieza el concierto con My Love Will Not Let You Down canción que muchos conocen como “Lololo loló lololó” y canción que el público parecía cantarle a Springsteen y a toda la E Street Band. Tres horas y media de saltos, voces, emociones y algún que otro empujón. Puedo decir que tuve a Bruce tan cerca que puedo afirmar que es de verdad. Siempre he dicho que si voy a un concierto y no llevo una cámara encima no lo disfruto… Springsteen me ha demostrado una vez más que me equivocaba. Llegó un momento en el que después de que el pobre hombre que tenía delante se llevase a casa tatuado el objetivo de mi cámara en su espalda dije “basta, estoy hasta las narices de estar ajustando que si el diafragma, que la si obturación, el ISO y la madre que los parió, quiero disfrutar de lo que tengo delante” y dejé de sentir la necesidad de ver medio concierto a través de la pantalla de mi cámara. Algo que hasta ese momento había sido siempre impensable para mí. Estar allí en la zona del Pit es algo enorme, si Bruce canta una canción y miras a la persona que tienes al lado aunque no la conozcas de nada sabes que es lo que está sintiendo, sabes qué es lo piensa, cruzáis una sonrisa de complicidad y cada uno a lo suyo. 


El recopetín llegó al final, después de una juerga increíble con Twist and Shout y un rato después de tocar la tan ansiada Drive All Night, Bruce y la E Steet Band se despedían definitivamente… Entonces Bruce se paró en seco, se quedó pensativo por unos segundos, se dio la vuelta, enganchó la guitarra acústica y la armónica nos dijo lo mucho que nos quería (si nosotros pudiésemos contarte, jefe…) por estar allí estando las cosas tal y como están, dedicó la canción a Cáritas (o Caritas según él) y empezó a sonar Thunder Road. Lloré como una imbécil. No podía cantar con él, no podía moverme, sólo podía estar ahí, mirándole cantar mi canción. Porque mira, lo siento, pero esa canción era para mi y para nadie más. Me atravesó y me partió el alma en mil y eso solo puede hacerlo una canción especial, tu canción. Al terminar el concierto una mujer a mi lado (con la que bailé el Twist & Shout y que llegó a mi lado tras el último empujón cuando Bruce se acercó hacia nuestra plataforma y yo ya estaba en segunda fila) al verme llorando me abrazó y me dijo “es admirable lo tuyo. Te estaba mirando desde ahí detrás y te las sabes todas. Es increíble la capacidad de este hombre para transmitir tanto con una canción.” Le comenté que esa era MI CANCIÓN y que incluso la llevo tatuada y la mujer con los ojos algo brillosos me dijo: "ese es el regalo que Bruce te ha hecho esta noche. Esa canción es tuya y la ha cantado para ti y para nadie más. Quédate con eso, quédate con ese sentimiento” y, claro, volví a echarme a llorar y ella volvió a abrazarme y a decirme lo encantada que estaba por haber coincidido conmigo. Me sentí tan orgullosa de mi canción, de tener el privilegio de poder llevarla conmigo allá donde vaya… Ojalá algún día vosotros seas capaces de sentir todo eso que sentí yo, porque no puedo describirlo y aunque pudiese no lo entenderíais. 


El concierto terminó y fuimos en busca de la gente que organizaba nuestra lista del pit para darles las gracias, hablar un poquín y hacernos la foto de rigor. 

Puedo decir que Bruce lo ha vuelto a hacer, me ha vuelto a dar una razón para creer y, además, un Thunder Road acústico. Aunque me haya visto a mi misma arrastrando el ojete por todo el aparcamiento del Molinón  durante más de ocho horas, me haya quemado y haya descansado poco y mal no me escucharéis quejarme, porque todo esto ha merecido la pena y sus más de 800 kilómetros. Springsteen nunca defrauda y repetiré en cuanto me sea posible, por supuesto. Sé que sale caro, pero cada vez que pago 80 euros por una entrada sé que disfrutaré como si valiese 800 y que merece la pena todo con tal de estar allí. Y es que, simplemente, las canciones del Boss no se escuchan, se sienten. 

jueves, 21 de junio de 2012

Mejor que en la mismísima tierra prometida

El Boss, hizo historia este domingo dando el concierto más largo de su carrera, ¿y sabéis qué? Que yo estuve allí.

Han pasado más de 15 años desde que me declaré fan de Springsteen, los mismos que he estado deseando poder verle en directo. Compré mi entrada con más de seis meses de antelación y desde ese día han habido mañanas que solo sentía que merecía la pena levantarse de la cama por poder tachar un día más en mi calendario. He sentido como los días se arrastraban poco a poco y como mis nervios iban aumentando... y es que esperar algo durante 15 años te genera muchísimas expectativas, esperas que todo salga perfecto e intentas cuidar tener todos los detalles preparados con semanas (o meses) de antelación esperando que nada te lo joda en el último momento. Lo que no te esperas es que las cosas salgan mejor de lo que esperabas.


Casi cuatro horas de concierto en las que lloré (sí, como una magdalena y sin miedo a tener que salir en barca), reí, bailé y grité como nunca antes lo había hecho. Lo sentí todo, allí desde mi asiento. La entrada fue cara, sí, estamos de acuerdo, pero sentirte tan feliz y cumplir un sueño que llevas años persiguiendo es algo que jamás se podrá comprar. Han pasado casi cuatro días desde aquel concierto épico y, aunque le he dado vueltas, aún no soy capaz de expresar todo lo que sentí allí.


Y, sí, me acordé mucho de Nacho, muchísimo. No diré que eramos amigos porque no lo eramos, pero eramos conocidos y a pesar de eso cuando me enteré de su muerte me tiré todo el día llorando. Imaginaos el tamaño de mis lagrimones cuando Springsteen, demostrando una vez más lo grande que es, le dedicó The River.




Springsteen nunca falla, no me voy a cansar de decirlo. Jamás volveré a vivir algo así y por eso haber estado allí, ese día, merece la pena todo. Nadie sabe el poder que tiene una canción hasta que no la vive, hasta que la siente suya y hasta que no nota ese cosquilleo recorriéndole el cuerpo mientras le asoma una lagrimilla al escucharla en directo. Y, sin lugar a dudas, esta es la mía:



lunes, 9 de agosto de 2010

Si le llaman el Jefe... por algo será.

No recuerdo el día en el que escuché la primera canción suya, sólo sé que con 9 años mataba por tener una copia del Born in the USA entre mis manos, y la conseguí. Rallé el disco en pocas semanas, me aprendí las canciones a mi manera y las canturreaba a todas las horas del día. Forré mis carpetas con la foto suya que aparecía en la Encarta 99 y mis compañeros del cole me miraban mal por ello mientras me preguntaban que quién era aquel señor y por qué llevaba una foto suya y no una de Brad Pitt como el resto de niñas de mi edad.

Al llegar del cole por las tardes me ponía a merendar delante de la tele, porque era la hora en la que ponían los videoclips musicales en TeleValdepeñas (nunca han destacado por tener una buena programación... Ni el presentador que embalsaman después de leer unos folios con noticias de deportes tampoco ha mejorado con los años), siempre eran los mismos y siempre ponían 4 de Springsteen: Born in the USA, I'm on fire, Born to Run y Dancing in the dark. Raro era el día que no terminaba pringando el mando del vídeo con el chocolate de la merienda porque siempre tenía que estar alerta para grabarlos cuando salieran.

Después de crecer con su música y marcar momentos inolvidables y con casi toda la discografía en la estantería que ahora mismo me queda a la derecha me pongo una meta: ir a un concierto de Springsteen antes de morir. Y es un encuentro obligado por todas las cosas buenas que me han pasado por su culpa en este tiempo y, además, la compañía... ya está elegida.

Sólo creo en lo que veo y sobra decir que, para mí, Dios toca la guitarra y se llama Springsteen. Si el Boss te manda callar, te callas y si tiene la culpa de algo siempre será de algo bueno. ;)